Lejos de querer mortificar la pintura figurativa, el artista llega a la iconoclastia para despertar a los sujetos de su letargo. La extracción del tegumento, que deja rastro en la lámina de cobre, vuelve impenetrable el rostro de la figura para dirigirnos hacia la única otra mirada, la petrificada que se encuentra en la punta de los dedos. La imposibilidad de leer la totalidad de esta pintura nos sumerge en un dolor, tan agudo como atroz, que corroe la tradición.